Yoga después de los 40

Cada persona inicialmente ingresa a la práctica por uno a más de diversos motivadores: bajar de peso, apaciguar la mente, adquirir fuerza/elasticidad, rehabilitación, estirarse un poco, respirar mejor, bajar los niveles de estrés, por que está de moda o simplemente por mera curiosidad. Sin importar qué tan profundo o banal aparente, cualquier motivador posee la belleza de marcar el inicio de un camino personal. Con el tiempo, los motivadores van cambiando de forma hasta probablemente llegar a desvanecerse, y entonces uno termina por practicar Yoga nada más porque sí.

 

A lo largo de mi carrera como maestra de Yoga, he compartido mi enseñanza con personas cuyas edades oscilan entre los 5 y 82 años de edad. Resulta interesante observar los motivadores iniciales de cada una, en función de la edad. He descubierto el siguiente patrón (que de ninguna manera puede considerarse una norma): a menor edad, el impulso nace más de la curiosidad; a mayor edad, el impulso se parece más a una prescripción médica.

 

¿Y qué pasa en medio de este espectro de edades? ¿Qué pasa a partir de los 40, cuando no se es demasiado grande ni demasiado joven para cualquier cosa? Es un hecho que durante esta etapa algunas funciones físicas dejan de desempeñarse al 100%: el pelo pierde pigmentación, la elasticidad e hidratación natural de la piel disminuye, la digestión no es tan efectiva cómo antes, el cuerpo ya no se recupera tan fácil de una lesión, etc. Aunque los cambios se dan de forma gradual y sutil, inevitablemente todos conducen la atención hacia el propio cuerpo. Bien dirigida, dicha atención tiene sus bondades. Puede ser una invitación hacia la introspección y una oportunidad para que la mente suelte un poco el impulso de los deseos, pause, y sólo observe con atención las necesidades inmediatas del cuerpo. En la mayoría de los casos el cuerpo sólo pide tiempo para restablecerse como sólo este sabe y puede hacerlo, y compasión para que el individuo lo acompañe amorosamente.

 

Curiosamente en sus inicios, el Yoga era practicado exclusivamente por el sanyasin: renunciante, elegido por el gurú, que debió haber antes pasado por la experiencia de tener familia y sostener un hogar. Esta etapa previa de juventud es marcada por la acción total, dónde se requiere de un cuerpo vigoroso que responda con toda su capacidad y una mente siempre lista para resolver. Posteriormente, el renunciante dejaba sus actividades mundanas para entregarse a la práctica, con el fin último de disolver su cuerpo y mente en lo que la tradición denomina Brahman, o El Absoluto. Para ello, era necesario conservar el cuerpo relativamente saludable, por ser vehículo para la práctica, pero primordialmente dirigir la mente hacia un estado de menor impulsividad y mayor atención, para que la Realidad Ultima se dejara ver por sí misma.

 

Trayendo el Yoga a nuestros tiempos, ahora abierto a cualquier persona, el practicante de edad madura puede tener el privilegio de explorarse y entrenarse para captar los cambios naturales de su cuerpo (y de su entorno), y alinear su mente con ello, retornándose a sí mismo, una y otra vez, a la realidad del momento presente. Si tenemos la valentía de abrirnos a estas percepciones, no sólo cobra sentido la práctica, si no la vida misma. Y lo mejor de todo es que esta disposición tiene la facultad de encaminarnos hacia una vejez llevadera y básicamente feliz.

 

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Publicado: 08/12/2016


Autor: Miriam Hamui

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